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Tulum: el aeropuerto que arrasó la selva para recibir millones… y ahora despide pasajeros

Por Fernando A. Toledo y Rivadeneyra

Hubo una época en que, para Morena y su 1/4T, vender un megaproyecto en México era sencillo: bastaba con prometer millones de turistas, crecimiento infinito y un futuro tan brillante que nadie se detuviera a preguntar los detalles incómodos. El Aeropuerto Internacional de Tulum “Felipe Carrillo Puerto” fue presentado exactamente así: una puerta monumental al paraíso caribeño. Hoy, apenas unos años después de su inauguración, la puerta sigue ahí. Lo que parece faltar son los pasajeros porque la realidad tiene una mala costumbre: termina llegando, aunque no venga en clase ejecutiva.
La lógica detrás del aeropuerto parecía impecable sobre el papel. Si Tulum se había convertido en uno de los destinos más codiciados del mundo, ¿qué podía salir mal construyendo una terminal gigantesca para recibir hasta 5.5 millones de viajeros al año? La respuesta, aparentemente, era todo.

Para empezar, el llamado “Aeropuerto de Tulum” tiene un pequeño detalle de mercadotecnia creativa: no está en Tulum. Tras aterrizar, los viajeros todavía deben recorrer cerca de 38 kilómetros para llegar al destino que creían tener prácticamente a la vuelta de la pista. Una especie de experiencia inmersiva donde el vuelo termina, pero el viaje apenas comienza. Y, por supuesto, el trayecto de 38 kilómetros no es gratuito.
Los turistas descubren rápidamente que aterrizar cerca del paraíso no significa llegar al paraíso. Entre transportes colectivos de costo elevado y traslados privados que pueden superar fácilmente los mil pesos, la bienvenida incluye una lección acelerada sobre tarifas inesperadas.
Pero culpar únicamente a la ubicación sería demasiado cómodo, porque Tulum también ha pasado varios años construyendo una reputación que parece diseñada por sus peores enemigos. Restaurantes con precios que desafían la lógica, denuncias de cobros abusivos, quejas constantes por malos tratos, invasiones de sargazo que transforman las playas paradisíacas en escenarios menos fotogénicos, preocupaciones por la seguridad y controversias derivadas del Parque del Jaguar. Un catálogo completo de razones para reconsiderar el destino mientras aún se puede cancelar la reservación.

El resultado empieza a reflejarse donde más duele: en las pantallas de llegadas y salidas porque las aerolíneas comenzaron a reducir frecuencias, cancelar rutas o simplemente hacer las maletas: Aeroméxico dejó de operar en la terminal y Volaris anunció su retiro. El entusiasmo inicial se fue disipando con una velocidad muy superior a la del tráfico aéreo.
Mientras tanto, Cancún sigue observando la escena con la tranquilidad del veterano que ya vio fracasar varias revoluciones. Para miles de visitantes continúa siendo más práctico aterrizar allí, recorrer Playa del Carmen y después llegar a Tulum. Es una fórmula probada durante décadas que, además, ofrece más vuelos, más conexiones y menos sorpresas logísticas.
Pero entonces llegan los números, esos seres desagradables que no suelen participar en campañas publicitarias: El aeropuerto fue diseñado para movilizar hasta 5.5 millones de pasajeros al año, sin embargo, apenas recibió alrededor de 1.24 millones durante 2025. Peor aún, durante la primera mitad de 2026 el tráfico cayó cerca de un tercio respecto al mismo periodo del año anterior.
En otras palabras, la terminal fue concebida para una multitud y está funcionando con una asistencia mucho más parecida a la de un concierto cancelado por lluvia.

Lo verdaderamente incómodo es recordar el costo ambiental de toda esta apuesta.
Para construir la obra se transformaron alrededor de 1,500 hectáreas de selva maya y se autorizó el cambio de uso de suelo forestal en más de 500 hectáreas. Donde antes había vegetación surgieron pistas, plataformas, edificios y carreteras diseñadas para absorber una avalancha de turistas que, hasta ahora, parece haber tomado otro vuelo.
La paradoja resulta difícil de ignorar: se sacrificó una porción significativa de uno de los ecosistemas más valiosos del país para levantar una infraestructura pensada para millones de pasajeros que hoy no llegan en las cantidades prometidas.
Claro, no faltará quien argumente que el aeropuerto sigue operando. Bueno, no es una terminal fantasma ni mucho menos pero tampoco se parece al motor turístico que se anunció con bombos, platillos y discursos triunfalistas.
Así que la pregunta persiste sobre las pistas semivacías de Tulum: ¿fue un error de planeación, una sobreestimación del mercado o simplemente otro caso de funcionarios enamorados de las maquetas y los renders? Porque una cosa queda clara: la selva sí llegó puntualmente a la cita, pero los millones de pasajeros, en cambio, parecen seguir buscando la sala de abordar.

Y aquí es donde la historia empieza a parecerse sospechosamente a la de su vecino más famoso: el Tren Maya. Ambos proyectos fueron presentados como motores imparables de desarrollo, turismo y prosperidad. Ambos implicaron una transformación profunda de la selva maya; ambos se justificaron con proyecciones optimistas que prometían millones de visitantes y una derrama económica histórica; y ambos, una vez apagados los reflectores de la inauguración, comenzaron a tropezar con una realidad mucho menos fotogénica que los videos promocionales.
El aeropuerto fue construido para recibir 5.5 millones de pasajeros; hoy lucha por llenar una fracción de esa capacidad. El Tren Maya fue vendido como una revolución turística; hasta ahora sigue buscando la avalancha de viajeros que justificaría semejante inversión. La ironía es brutal: primero se desmontó la selva porque supuestamente llegarían millones de turistas. Ahora la selva ya no está, pero los millones tampoco. Lo que sí permanece son las hectáreas transformadas, las obras monumentales y las promesas recicladas una y otra vez para explicar por qué los resultados todavía no aparecen.

Así las cosas, en la Riviera Maya parece haberse inaugurado una nueva atracción turística: megaproyectos construidos para una demanda extraordinaria que existe más en los discursos oficiales que en las terminales y estaciones.
Al final, el Aeropuerto de Tulum corre el riesgo de convertirse en el compañero perfecto del Tren Maya: dos gigantes de concreto levantados en nombre del turismo masivo, unidos por la misma pregunta incómoda que nadie quiere responder con claridad.
Si había tantos millones de pasajeros y viajeros esperando llegar… ¿dónde están?

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