Las víctimas de la ambición: los mayas desterrados

RESCATE HISTÓRICO
por Miguel II Hernández Madero
mad631211@yahoo.com

Después de 171 años de la salida legal de los primeros mayas rumbo a Cuba, se desconoce la cifra exacta de cuantos fueron vendidos como esclavos en el lapso de 1849 a 1861. La mayoría murió lejos de la tierra donde nacieron, arrancados de raíz del Mayab, sin que importara a las autoridades su extraordinario apego por la tierra natal.

Esto implica que han pasado casi un siglo y tres cuartos de ese comercio, documentado en los archivos tanto en el General del Estado, como el Nacional de Cuba, en publicaciones del siglo XIX y en bibliografía de la época y actual. Después de tanto tiempo, ese comercio ha quedado en el olvido, mucha gente lo desconocer e incluso hay quienes al escuchar de ello lo rechazan: lo califican de falso, algo que nunca existió.

Algo importante es encontrar las diversas fuentes para aislar el dato en bruto, dejando a un lado inconsistencias de fechas o lugares, que a final de cuentas no son determinantes en el hecho. Sobre el tema queda mucho por analizar.

Quizá el número de total de mayas trasladados a Cuba contra su voluntad no sea tan extraordinario como el que sería de los esclavos negros o de los migrantes chinos hacia la isla, pero si mueve a la indignación y a la vergüenza, el saber las condiciones como fueron llevados, como fueron tratados y, lo más alarmante, que hayan sido vendidos, por las mismas autoridades a quienes apoyaron años atrás durante las revueltas internas.

También se evidencia como por encima del bienestar general, las facciones políticas seguían enfrascadas en la lucha, mientras el resto de la Península ardía, tras años de opresión hacia los indios mayas y los llamados “de raza mixta” (mestizos).

La represión desatada por el régimen peninsular no hizo más que avivar el fuego y toda esa furia desatada tendió un velo que ha ocultado en su justa dimensión los alcances de la venta de yucatecos como esclavos.

La venta de mayas a Cuba se mantenía ignorada por la mayoría de los yucatecos de la época, así como de los mexicanos en general. Las dimensiones de este comercio son incalculables pues no solamente se trató de aquellos que salieron por el puerto de Sisal con pasaporte y contratas temporales, sino que también hubo embarques desde otros puntos de la costa yucateca.

El comercio informal escapa de todas dimensiones a tal grado que se persiguió por las autoridades yucatecas y cubanas, pero castigándolo como contrabando, por no pagarse los derechos respectivos. El delito no era comerciar con seres humanos, sino el no pagar impuestos por ello.

Al no perder de vista este detalle se puede estructurar la situación: el hombre maya y su familia era considerado un objeto, algo que existía pero que no era igual, no tenía derechos, solamente vivía para servir al “blanco”, y en este sentido lo mismo daba que fuera un indio o un mestizo. Ambos estaban obligados por igual a servir a los miembros de la sociedad decimonónica.
Y en esto no importaba edad, pero sí el género, pues los hombres podían trabajar más y eran “muy resistentes”, en suma, la abundancia de mayas y mestizos era la verdadera riqueza de la Península.
Pero de eso hablaremos en otra ocasión.
Hasta la próxima…

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