Portada
En lugar de lana, salimos trasquilados
Estados Unidos anunció un arancel adicional del 10% a las importaciones mexicanas por deficiencias del actual gobierno de México en la lucha contra el trabajo forzoso. La medida entra en vigor el 24 de julio y se aplica en el marco de una revisión del T MEC. En medio de esa revisión, la presidenta Claudia Sheinbaum se reunió en Palacio Nacional con el representante comercial estadounidense Jamieson Greer; hubo fotos, un tuit optimista y, según el comunicado oficial de la ¼ T, “avances en beneficio de ambos pueblos”.
Por Consejo Editorial
¡Qué conmovedor! Fotografías oficiales y un tuit como si fuera un tratado de paz. Mientras Claudia Sheinbaum y los medios oficialistas sonaban la matraca, la Casa Blanca desempolva la Sección 301 y aplica aranceles que pesan en la economía real del mexicano. Si la negociación fuera un partido de ajedrez, lo que vimos fue una sesión de selfies en la sala de espera. La escena es clásica: reunión prolongada, cero declaraciones públicas y una narrativa pública cuidadosamente pulida para la foto. ¿Resultado? Un arancel que no pregunta por la estética de las publicaciones color guinda en redes sociales; castiga exportaciones, empleos y cadenas productivas. Si la estrategia negociadora Morena y la presidente la miden en likes, entonces sí, misión cumplida. Si se mide en resultados tangibles para la industria y las familias mexicanas, la factura llega hoy.
Claudia con falta de músculo y exceso de retórica
Negociar no es posar. Negociar es presionar, ofrecer alternativas creíbles, presentar evidencia y, sobre todo, proteger intereses. Lo que exhibió Sheinbaum fue una mezcla de diplomacia de protocolo y optimismo performativo: buenos modales, fotos bien iluminadas y promesas vagas. Mientras tanto, Washington aplicó medidas concretas. La diferencia entre un discurso y una cláusula ejecutable se traduce en aranceles que encarecen productos y reducen competitividad mexicana.
Consecuencias prácticas
El arancel del 10% no es simbólico: encarece exportaciones, presiona a productores y puede trasladarse al consumidor. Además, manda una señal clara a los inversionistas: cuando la negociación se queda en la superficie, la respuesta externa es contundente. México necesita interlocutores que conviertan reuniones en acuerdos jurídicamente sólidos, no en comunicados con buena fotografía.
La foto en Palacio Nacional y el tuit conciliador son un excelente material para la galería del Facebook y el Instagram de la diplomacia. Lamentablemente, la economía no se gobierna con filtros ni con frases hechas. Si la presidencia quería demostrar que “las conversaciones avanzaron”, el siguiente paso debería ser tangible: acuerdos escritos, compromisos verificables y, sobre todo, resultados que eviten que Washington decida por nosotros. Hasta entonces, la narrativa oficial seguirá siendo un bonito telón de fondo para unos aranceles que hablan y nos golpean más fuerte que cualquier tuit.
Es cuánto.
