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Conchi Marx y la teoría de los principios intercambiables
Por Consejo Editorial
Hay una frase inmortal de Groucho Marx que parece haber sido diseñada específicamente para la política mexicana del siglo XXI: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros.”
Y si existiera una medalla al mejor intérprete contemporáneo de esa filosofía en Umán, habría que grabar en ella el nombre de Conchi Ruiz Huchín.
Porque resulta que después de dos campañas electorales bajo la bandera naranja, después de años construyendo un discurso de oposición y después de presentarse como la alternativa distinta a los partidos tradicionales, hoy la excandidata de Movimiento Ciudadano abandona el barco para acercarse al partido que hasta ayer representaba exactamente aquello que supuestamente combatía.
Nada personal, dirán.
Todo muy democrático.
Todo muy estratégico.
Todo muy… Groucho.
La pregunta que nadie quiere hacer
Las campañas electorales no se pagan con abrazos. Tampoco con ideales. Mucho menos con publicaciones de Facebook llenas de corazones naranjas.
Dos procesos electorales significan años de estructura territorial, gasolina, operadores, propaganda, eventos, brigadas, redes sociales, logística, tiempo y dinero. Mucho dinero. Por ello la pregunta incómoda resulta inevitable: ¿Después de dos intentos fallidos por llegar al Palacio Municipal de Umán, el cambio de camiseta responde a una nueva convicción ideológica o a la necesidad de encontrar una vía más eficiente para recuperar la inversión política acumulada durante años?
Es una pregunta legítima. Porque cuando un político cambia de partido de manera tan abrupta después de una década explicando que los demás estaban equivocados, es inevitable sospechar que la brújula ideológica fue reemplazada por una calculadora.
La tecno-política que terminó en tecno-drama
Y aquí entra uno de los episodios más incómodos del historial político que pocos simpatizantes recuerdan: En 2021 las empresarias Harumi Cosau y Dani Sanrú hicieron público un extenso testimonio en el que relataron negociaciones con Conchi Ruiz y Mardoqueo Uicab para desarrollar una innovadora campaña de realidad virtual y tecno-política.
Según su versión pública, el proyecto alcanzaba un valor superior a 1.3 millones de pesos, del cual las propias empresarias terminaron absorbiendo el 50% mediante patrocinio después de que presuntamente se les informó que los candidatos se habían quedado sin recursos de campaña.
Y la historia es particularmente reveladora, porque mientras hoy algunos presentan a Conchi como una política sacrificada que únicamente piensa en el bienestar del pueblo, las empresarias describieron algo muy distinto: incumplimientos de pago, promesas postergadas, presiones para continuar el proyecto, ofrecimientos políticos y una cadena de desacuerdos que terminó convirtiéndose en un conflicto público. Naturalmente, esa es la versión de las denunciantes y no constituye una resolución judicial ni una prueba concluyente de responsabilidad.
Pero sí deja una pregunta incómoda flotando en el aire: Si en oposición tuvo tantos problemas para cubrir compromisos económicos, ¿qué tan tentador resulta entonces acceder finalmente a la estructura del poder?
“Ahora sí aprendió los tres principios”
Los defensores del cambio partidista han comenzado a construir una narrativa verdaderamente fascinante.
Uno escribió: “Ya vieron todos, Conchita sabía que la mejor opción era pintarse de guinda porque los naranjas y los prianistas son lo mismo.” Extraordinario.
Entonces, durante años estuvo en el partido equivocado.
Fue candidata.
Pidió el voto.
Pidió confianza.
Pidió respaldo.
Pidió credibilidad.
Y de repente descubre que el partido donde construyó toda su carrera era exactamente igual a aquello que criticaba.
Qué conveniente revelación.
Al paso que va la evolución ideológica moderna, en 2030 descubrirá que todos los partidos son iguales excepto el que ofrezca la candidatura disponible.
Otro comentario dice: “Nunca fue el color, siempre fue la amistad.”
Y quizá sea el comentario más sincero de todos, porque sin querer desmonta por completo el argumento ideológico.
Si nunca fue el color.
Si nunca fue el proyecto.
Si nunca fue la plataforma.
Si nunca fueron los principios.
Si nunca fueron las propuestas.
Entonces efectivamente todo era una cuestión de amistades, acuerdos, relaciones y conveniencias.
Es decir, exactamente lo contrario de lo que los ciudadanos esperan escuchar cuando un político les pide su voto.
De naranja a guinda sin escalas
La verdadera tragedia no es que una política cambie de partido. Eso pasa todos los días. La verdadera tragedia es que ya ni siquiera intentan disimular la pirueta: Un día se presentan como la nueva política; al siguiente denuncian los vicios del sistema; después piden voto contra Morena; luego aparecen junto a Morena; y, finalmente, explican que siempre estuvieron del lado correcto de la historia.
Como si los ciudadanos tuvieran memoria de pez. Como si nadie recordara discursos, entrevistas, campañas y años completos de confrontación política.
Por eso la frase de Groucho sigue tan vigente. Porque cada vez que un político cambia de principios con la velocidad con la que cambia una fotografía de perfil, el viejo comediante vuelve a tener razón.
Y desde alguna nube imaginaria debe estar observando el espectáculo de Umán pensando: “Vaya, estos políticos mexicanos sí entendieron el chiste.” Ver menos
