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¡Chisme y chusma!

Si alguien pensó que la política era un teatro de sombras, la salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional de Morena acaba de demostrar que, en realidad, es un culebrón de vecindad con guion mal escrito y reparto improvisado.

Según Carlos Loret de Mola, la protagonista no fue la propia Alcalde sino su novio, Arturo Ávila, quien, con la sutileza de un elefante en vitrina, se instaló como dirigente de facto y terminó por hartar a la jefa del elenco, Claudia Sheinbaum.

Que un vocero de diputados se convierta en repartidor de candidaturas y gestor de contratos suena a argumento de comedia negra. Que lo haga aprovechando la cercanía sentimental con la dirigente del partido suena a tragedia doméstica con consecuencias públicas. Y que la paciencia en Palacio Nacional se agote por una “invasión de tareas” es la confirmación de que, en Morena, los límites entre lo personal y lo institucional son más difusos que la letra pequeña de un contrato mal redactado.

El retrato que pinta Loret es delicioso en su crueldad: Ávila, según fuentes de “primerísimo nivel”, encabezando reuniones, prometiendo mediciones de encuestas y pidiendo citas con gobernadores como si repartiera volantes en una feria. Protagonismo mediático, negociaciones de candidaturas, contratos en la mira. Todo ello mientras Alcalde, figura pública con trayectoria y prestigio, no supo —o no quiso— marcar distancia. Resultado: la dirigente se convierte en sombra de su propio acompañante.

¿La moraleja? En política, el nepotismo sentimental no es una anécdota romántica; es una bomba de tiempo. Cuando la pareja empieza a actuar como gabinete paralelo, la reacción del poder es predecible: se poda lo que sobra. Sheinbaum, harta de traiciones y de la supuesta guerra sucia que le atribuyen a Ávila, ofreció la salida elegante: la Consejería Jurídica de la Presidencia. Un ascenso con sabor a exilio dorado.

Alcalde negó hasta el último minuto que se fuera a ir, atribuyendo rumores a la oposición. La escena es clásica: la dirigente que promete lealtad hasta que la lealtad se vuelve incómoda. La política mexicana, que presume de transformación, sigue mostrando que la lealtad más sólida es la que se firma con intereses y la que se rompe con ambiciones.

Si algo queda claro es que la política no perdona la falta de distancia entre lo público y lo privado. Y si algo queda más claro aún es que, en Morena, las batallas internas se ganan o se pierden en los pasillos donde nadie firma actas, pero todos firman favores. Que la caída de Alcalde Luján se atribuya a los desplantes de su pareja no es una explicación menor; es la confirmación de que, a veces, el drama personal tiene más poder que la estrategia partidista.

Al final, la lección es simple y cruel: en el gran teatro del poder, no basta con ser buena actriz; hay que controlar al director de escena, al utilero y, sobre todo, al novio que cree que puede dirigir la función desde bambalinas.

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