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¿Qué es Morena?
Primero, ¿qué es Morena? ¿Un partido político? ¿Una franquicia que vende su marca en cada estado? ¿Brazo político del crimen organizado? ¿Una mera oligarquía?
El nombre no es una mera ocurrencia. Fue bien seleccionado para influir en la consciencia de la población menos consciente; y no es un “movimiento” que busque “rescatar al país” de algo concreto; Morena suena a eslogan de supermercado espiritual: tres sílabas que prometen redención en oferta. MOvimiento de REgeneración NAcional —qué nombre tan considerado— pensado para acariciar conciencias distraídas y vender la idea de que todo cambio empieza con una palabra bonita. No es un movimiento; es una etiqueta publicitaria pegada sobre un catálogo de ambiciones.
El origen: un berrinche
No hubo epopeya cívica ni revelación moral: hubo un berrinche con despacho: el de un hombre que ambicionó la fama y los privilegios presidenciales. Un imán demasiado atractivo para dejarlo pasar. A él se sumaron otros que, de igual manera, habían sido relegados por inútiles y que lo único que ambicionaban era no poder, sino tener acceso y ser partícipes de algo que ellos, por méritos propios, no alcanzarían. De ese capricho nació una estructura que, en vez de regenerar, recicló resentimientos y ofreció puestos a quienes no alcanzaron méritos propios. Regeneración suena mejor que reparto de cuotas, pero la envoltura no cambia el contenido.
La fauna política
Al partido se le pegó de todo: expriistas, expanistas, inútiles oportunistas con currículum de pasillo y, según las malas lenguas, hasta intereses más oscuros del crimen organizado. No es una conspiración novelística; es la lógica elemental del poder: donde hay acceso, hay tráfico de influencias y corrupción. Y cuando la consigna es “deberse al pueblo”, resulta que el pueblo es un comodín útil para justificar incompetencias y clientelismos. Meritocracia quedó en el anaquel de los recuerdos.
El diagnóstico
Si la política fuera una clínica, Morena sería el consultorio donde se recetan promesas y se administran privilegios. Lo malo es que muchos se tragaron, y siguen tragando, esa píldora placebo. La terquedad de “ser del pueblo” funciona como escudo moral mientras se colocan a los no aptos en puestos públicos. No es una acusación elegante; es una constatación amarga: el poder atrae a quienes lo desean por lo que ofrece, no por lo que pueden aportar.
Conclusión
Entonces, ¿qué es Morena?: ¿Un partido político? ¿Una franquicia que vende su marca en cada estado? ¿Brazo político del crimen organizado? ¿Una mera oligarquía?
No se trata de un partido: es un espejo. Un espejo que refleja ambiciones, atajos y la facilidad con la que un hombre populista pudo camuflar prácticas comunes para “venderse” como algo revolucionario, limpio y nuevo. Si la regeneración es el objetivo, haría falta más que un acrónimo bien pensado: haría falta limpieza, exigencia, rendición de cuentas, transparencia y, sobre todo, menos berrinches con despacho y más responsabilidad pública. Hasta entonces, la etiqueta seguirá siendo lo más parecido a una promesa nunca cumplida.
