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La Moreniza: la oscuridad y el arte de no rendir cuentas
Si la claridad y la transparencia fuera un programa de radio, La Moreniza sería su emisora fantasma: suena, entretiene a la audiencia y, cuando alguien pregunta por la factura, responde con un elegante silencio. Estrenado para “difundir los principios e ideales de la Cuarta Transformación”, el pódcast conducido por Luisa María Alcalde presume de pedagogía política y cercanía con las juventudes; en los hechos, practica una pedagogía inversa: enseñar a la ciudadanía cómo evitar explicar en qué se gastan los recursos públicos. Oscuridad total, pues.
Lo que sabemos y lo que nos niegan
Lo claro: el pódcast lleva más de 40 transmisiones; utiliza equipo profesional (cámaras Sony Blackmagic URSA 6K, mezclador Allen & Heath, micrófonos Shure y hasta un letrero neón); se difunde en múltiples plataformas y, para su promoción en Meta, se registran desembolsos que suman casi 293 mil pesos entre páginas vinculadas.
La oscuridad: Morena no ha entregado los montos de producción, edición, escenografía, materiales ni viáticos; respondió que “no genera gasto alguno” y remitió a un inventario que, sorpresa, no contiene registro alguno del programa.
El Instituto Nacional Electoral no se comió el cuento: la Comisión Temporal de Transparencia calificó la respuesta como incompleta, insuficiente o inexistente y ordenó a Morena entregar la información solicitada o justificar, con pruebas, la inexistencia de erogaciones. Plazo dado, silencio mantenido. ¿Coincidencia? No parece.
La lógica de la opacidad
Hay una regla no escrita en la política: si algo se paga con recursos públicos, debe poder explicarse. Morena, en cambio, parece aplicar otra máxima: si algo sirve para “difundir ideales”, entonces queda automáticamente exento de la molestia burocrática de rendir cuentas. Es una lógica cómoda y práctica: la propaganda se convierte en misión sagrada y, por tanto, en gasto intangible. ¿Quién va a cuestionar la pureza de una “revolución de conciencias”?
El problema no es solo retórico. Cuando un partido afirma que no hay gastos, pero exhibe equipo de alto nivel y paga anuncios en redes, la ciudadanía tiene derecho a saber quién pagó qué, con qué contratos y si hubo remuneraciones a colaboradores. Ocultar esos datos no es un descuido administrativo; es una decisión política que erosiona la confianza pública.
Hipocresía con micrófono
Resulta irónico —y un poco teatral— que un pódcast con secciones como “Mienten como Respiran” y “Lo Mejor, Lo Peor y Lo Ridículo” se dedique a ridiculizar a opositores mientras practica la misma falta de escrutinio que denuncia. La sátira funciona mejor cuando no se convierte en cortina de humo. Cuando la plataforma que se jacta de desenmascarar a otros se niega a transparentar sus propios gastos, la sátira se vuelve autoindulgente y la denuncia, hueca.
Además, el elenco de invitados y colaboradores —desde figuras del gabinete hasta periodistas y actores— le da al programa un barniz de legitimidad que no sustituye la obligación de rendir cuentas. No es lo mismo invitar a un exfuncionario que pagar su traslado y no registrarlo; no es lo mismo presumir de “conectar con la militancia” que financiar esa conexión con recursos públicos sin explicar el origen y destino de cada peso.
La opacidad no es un vicio inocuo. Cuando los partidos normalizan la falta de transparencia, abren la puerta a prácticas más graves: contrataciones a modo, uso de recursos para fines electorales, o simplemente la privatización de la comunicación pública. Además, la evasión informativa debilita los mecanismos de control ciudadano y de las instituciones encargadas de fiscalizar. Si la respuesta a una orden del INE es el silencio, la institucionalidad pierde fuerza y la ciudadanía pierde herramientas para evaluar el uso de sus impuestos.
Conclusión
Que un pódcast oficial se presente como herramienta de “difusión de ideales” no lo coloca por encima de la ley ni lo exime de explicar sus cuentas. La retórica revolucionaria no sustituye la contabilidad. Si el objetivo es educar y acercar a las juventudes, el primer paso debería ser enseñar con el ejemplo: abrir los libros, mostrar contratos, transparentar pagos y explicar por qué se gastó cada peso. Hasta entonces, La Moreniza seguirá siendo un programa con buena producción y mala contabilidad moral: mucho ruido, pocas respuestas.
