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Vivir la experiencia del Tren Maya… ¡es viajar en autobús!

El más reciente descarrilamiento del Tren Maya en la estación de Campeche confirma lo que ya es tradición: el “megaproyecto insignia” no avanza sobre rieles, sino sobre ruedas de autobús. Los pasajeros que compran boleto de tren terminan en carretera, como si hubieran pagado por un espectáculo de magia: “¡Ta-dá! Donde había vagones, ahora hay camiones.”

Es apenas otro capítulo en la larga novela de tropiezos que acumula este “megaproyecto estrella”. El 31 de agosto de 2026, el último vagón se salió de las vías apenas 50 metros después de la estación San Francisco, en Campeche, obligando a 123 pasajeros a bajarse y continuar su viaje en autobús. Nadie resultó lesionado, pero todos terminaron con la misma sensación: compraron boleto de tren para vivir la experiencia del Tren Maya y recibieron servicio de línea de camiones.

No es el primer descarrilamiento, ni será el último. El Tren Maya acumula fallas como medallas. La narrativa oficial habla de “incidentes menores” y presume que nadie resultó lesionado. La realidad es otra: un tren que presume modernidad, pero funciona como ruta camionera de tercera clase con escolta militar. El resultado es siempre el mismo: pasajeros resignados que ya saben que su boleto es más garantía de autobús que de vagón.
La cronología de percances es tan extensa que parece un manual de cómo no operar un ferrocarril. En marzo de 2024, un vagón se descarriló en el tramo Cancún–Palenque por falla mecánica. Un mes después, otro tren se desalineó al entrar a los andenes de la estación de Tixkokob, como si la modernidad no supiera estacionarse. En enero de 2025, un descarrilamiento nocturno, cerca de Tenabo, Campeche, dejó dos heridos, demostrando que la seguridad prometida era más bien una apuesta de azar. Para agosto de 2025, en Izamal, dos trenes chocaron por una anomalía en el cambio de vías: el Tren Maya inventó el “autochoque ferroviario”, diversión incluida en el boleto. Y en julio de 2026, una falla eléctrica dejó a cientos varados durante cinco horas, cerca de la estación de Leona Vicario, en Quintana Roo, sin aire acondicionado ni agua, convirtiendo el vagón en sauna improvisada.

El patrón es claro: descarrilamientos, fallas eléctricas, suspensiones completas y pasajeros que terminan en carretera. La narrativa oficial siempre es la misma: “incidente menor, nadie lesionado”. Pero la realidad es que el Tren Maya parece diseñado para ensayar todas las formas posibles de fallar. Cada comunicado gubernamental es un ejercicio de eufemismo, como si cambiarle el nombre al desastre lo convirtiera en modernidad.
La mordacidad está en los hechos: el Tren Maya no conecta ciudades, conecta la paciencia de los usuarios con la creatividad del gobierno para inventar excusas. Es un reality show de ingeniería fallida, un museo viviente de la incompetencia. Su cronología de percances es más extensa que su lista de logros, y cada descarrilamiento refuerza la sospecha de que el verdadero proyecto no es ferroviario, sino propagandístico.

Comprar boleto del Tren Maya es como apostar en una tómbola. El premio mayor es llegar en tren; el premio consuelo, viajar cómodamente en autobús con café y galletas de cortesía. El gobierno insiste en que es “el proyecto estrella”, pero cada descarrilamiento lo convierte en un sketch involuntario de comedia nacional. Y que lo entiendan los defensores de la ¼ T que se indignan con los comentarios de este medio de comunicación: el sarcasmo y la crítica feroz ya no está en nuestros editoriales: está en la experiencia misma de los pasajeros.
Es cuanto.

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