Portada

PRI pone el dedo en la llaga: ‘Morena y narcos, mismo equipo’

#Si alguien pensaba que la política mexicana ya no daba sorpresas, Alejandro Moreno acaba de demostrar que aún quedan giros dignos de telenovela con final inesperado. El PRI, ese partido que muchos creían en pausa, ha decidido jugar a lo grande: pedir a Estados Unidos que declare a Morena como organización terrorista. No es una ocurrencia de sobremesa; es un escrito formal al Departamento de Estado, al Departamento de Justicia y al Tesoro. Y si usted cree que eso suena a dramatismo, espere a leer el expediente.
Que la imputación al gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y a otros nueve personajes —entre ellos el senador Enrique Inzunza— haya servido de detonante no es casualidad. Para Alito y su equipo, esa imputación no es un hecho aislado: es la prueba palpable del “pacto criminal” que llevan denunciando meses. ¿Resultado? El PRI se coloca en la posición incómoda —y a la vez cómoda— de quien señala la falla estructural del sistema mientras otros siguen haciendo como si nada.

La jugada tiene, además, una lógica fría y eficaz: si Washington ya considera a varios cárteles como organizaciones terroristas por órdenes ejecutivas, ¿por qué no aplicar la misma lógica al brazo político que, según el PRI, les abre puertas y les entrega cargos? La comparación con Batasuna y su vínculo con ETA no es casual; es la analogía que busca convertir sospechas en precedentes internacionales. Es un movimiento que obliga a mirar la política mexicana con lentes que no se empañan con la retórica local.
Y aquí viene lo delicioso para los estrategas priistas: mientras Morena se defiende con la habitual mezcla de indignación y victimismo, el PRI exhibe un expediente que, en su narrativa, no solo muestra complicidad sino una transacción electoral. “Nos ayudan a ganar, les damos poder” —dice la acusación—; suena a trueque mafioso, y en política, el lenguaje que pinta el intercambio como negocio sucio cala hondo.

No es menor el recuento: desde 2018, afirma el PRI, las elecciones se han parecido más a un campo de batalla que a una contienda democrática. Secuestros, asesinatos, coacción del voto: palabras que no son metáforas, sino heridas abiertas. Si la imputación de Sinaloa confirma siquiera una fracción de eso, la petición a Estados Unidos deja de ser un gesto simbólico para convertirse en una exigencia con consecuencias reales: sanciones, aislamiento y, sobre todo, la deslegitimación internacional de quienes hoy gobiernan.
¿Es teatral? Sí. ¿Es arriesgado? También. Pero en política, a veces la teatralidad es la herramienta para cambiar la agenda. Alejandro Moreno lo sabe: no se trata solo de señalar, sino de forzar que otros actores —internacionales y nacionales— miren lo que algunos prefieren ignorar. Y si la jugada logra que se investigue con lupa lo que hasta ahora se ha tratado con guantes de seda, entonces el PRI habrá logrado algo más que ruido: habrá puesto en el centro del debate la seguridad y la integridad del proceso democrático.
Con esto, el PRI ha pasado de ser el acusador solitario a quien le gritan “ya cállate” en la plaza pública, a quien presenta pruebas y exige respuestas fuera del ring doméstico. Si la petición prospera, la política mexicana no volverá a leerse igual. Si no prospera, el PRI habrá marcado la agenda y dejado a Morena con la incómoda tarea de explicar, ante ojos extranjeros, por qué sus manos están tan cerca del fuego. Y en política, como en la vida, a veces basta una chispa para que todo arda.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Salir de la versión móvil