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Morena: su apetito por los chapulines y su incapacidad para generar candidatos

Hay partidos que presumen la formación de cuadros; que invierten años construyendo liderazgos propios… y luego está Morena. El partido guinda que “gobierna” actualmente el país, controla gobiernos estatales, posee mayorías legislativas y presume una maquinaria territorial gigantesca, pero que a la hora de seleccionar candidatos parece sufrir una crisis permanente de confianza en sí mismo.

Por Consejo Editorial

Porque si Morena está tan lleno de liderazgos preparados como presume, resulta difícil explicar por qué cada elección termina convirtiéndose en una especie de feria de reclutamiento para políticos provenientes de otros partidos. En Umán, el ejemplo más reciente parece ser el de Conchi Ruiz Huchín, excandidata de Movimiento Ciudadano, quien durante años fue una de las caras más visibles del proyecto naranja y que hoy aparece vinculada al partido guinda y con miras a contender por ese ayuntamiento.

Lo curioso no es que un político cambie de partido. Ya lo dijimos en otro comentario; eso ocurre todos los días. Lo verdaderamente interesante es lo que revela sobre quien lo recibe. Porque cuando un partido sale a buscar a oscuras, a escondidas de su militancia, candidatos fuera de sus filas está enviando un mensaje muy claro a quienes llevan años trabajando dentro de él.

El mensaje podría traducirse más o menos así: “Gracias por su militancia, su lealtad, sus caminatas bajo el sol, sus reuniones vecinales y sus años de activismo. Ahora muévanse un poco porque vamos a traer a alguien de otro partido para ocupar el lugar que ustedes esperaban”.
Difícil imaginar una mejor forma de motivar a la militancia.

La situación resulta aún más llamativa porque Conchi Ruiz Huchín no llegó ayer a la política. Fue candidata de Movimiento Ciudadano en dos procesos electorales y durante años construyó un discurso precisamente desde la oposición a Morena. Por eso la escena tiene algo de comedia involuntaria: ayer Morena era el adversario político y hoy podría convertirse en su plataforma electoral. Ayer Conchita competía contra ellos y hoy busca competir con ellos. Ayer eran el problema y hoy parecen ser SU solución.

La velocidad de algunas conversiones ideológicas es tan impresionante que debería ser estudiada por la comunidad científica.

Sin embargo, el asunto más interesante no tiene que ver con Conchi Ruiz Huchín, sino con Morena. Porque si Morena realmente confiara en sus propios cuadros de Umán, buscaría entre los suyos. Buscaría entre sus regidores, sus operadores, sus liderazgos comunitarios o sus militantes históricos. Pero cuando la solución parece encontrarse siempre en políticos formados por otros partidos, la pregunta surge sola. ¿Por qué un movimiento que presume ser el más fuerte de México necesita importar candidatos?

La respuesta puede ser incómoda.
Tal vez porque ni siquiera Morena está completamente convencido de sus propios aspirantes.

Y entonces aparece el chapulín electoral, esa figura mágica de la política mexicana capaz de cambiar de camiseta sin alterar el discurso. Que lo mismo combate a Morena que milita en Morena. Que lo mismo denuncia las malas prácticas de un partido que después aparece fotografiándose junto a los dirigentes a los que antes calificaba de mapaches. Todo sea por el bien común, por supuesto. O por el bien de las candidaturas. ¿O por el interés de los candidatos?

Los defensores de estas incorporaciones suelen argumentar que lo importante son las personas y no los colores. Curioso razonamiento. Porque durante las campañas los colores sí importan. Las banderas sí importan. Los discursos sí importan. Las diferencias sí importan.
Pero una vez que llega la oportunidad de competir por el poder, resulta que todo era flexible.

Al final, la moraleja es inevitable. Cada vez que Morena incorpora figuras de otros partidos para competir en municipios donde ya tiene estructura propia, queda expuesta una verdad incómoda: el problema no es la falta de militantes, sino la falta de confianza en ellos.
Y nada retrata mejor esa contradicción que un movimiento que presume tener millones de simpatizantes, pero que cuando llega la hora de las decisiones importantes sigue mirando hacia la casa del vecino para escoger candidatos. Porque una cosa es abrir las puertas a nuevos perfiles y otra muy distinta es dar la impresión de que los mejores candidatos de Morena son, precisamente, los que hasta ayer no eran antimorena.

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