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Médicos en la calle, hospitales sin insumos: el absurdo de un IMSS donde exigir lo básico ya es una protesta

¿El sistema de salud pública mexicano en es mejor que el de Dinamarca? ¡Pues resulta que no! Porque mientras las autoridades morenistas presumen fortaleza institucional, trabajadores del IMSS en Mérida salen a las calles para exigir lo que nunca debería faltar:

medicamentos, insumos, personal suficiente, salarios justos y pensiones dignas. La verdadera emergencia no está en los consultorios, sino en un sistema que obliga a sus propios trabajadores a marchar para reclamar lo mínimo indispensable.

Hay algo profundamente absurdo, casi tragicómico, en que quienes se pasan la vida cuidando la salud de millones tengan que salir a las calles a exigir lo más elemental para hacer su trabajo. Pero en el IMSS, al parecer, la normalidad ya se mide con estándares distintos: que haya medicamentos es un lujo, que haya personal suficiente es un privilegio y que un trabajador aspire a una jubilación digna parece una insolencia.

Por eso la consigna de los trabajadores del IMSS en Mérida no pudo ser más brutal ni más honesta: “¡No te vayas a enfermar, no tenemos material!”. Una frase que suena a chiste negro, pero que retrata mejor que cualquier informe oficial el estado de las cosas. Porque cuando quienes están en primera línea de atención llegan al punto de advertirle a la población que procure no enfermarse, no estamos ante una simple inconformidad laboral. Estamos frente al reconocimiento público de un sistema que obliga a sus propios trabajadores a operar entre carencias permanentes.

La imagen resulta demoledora: médicos, enfermeras, personal administrativo e intendentes caminando por la avenida Colón todavía con sus batas y uniformes de trabajo porque ni siquiera tuvieron tiempo de pasar a sus casas antes de protestar. Es decir, terminan un turno enfrentando la falta de insumos y comienzan otro enfrentando la indiferencia institucional.

Resulta casi un acto de cinismo que la llamada 4T ignore a quienes sostienen día a día los hospitales tengan que salir a pedir salarios justos. Como si atender pacientes, cubrir jornadas agotadoras y cargar con las deficiencias de un sistema saturado no fuera suficiente. Ahora también deben convertirse en manifestantes para recordarles a las autoridades emanadas de Morena y a sus representantes sindicales que un trabajador merece cobrar con dignidad por su labor.

Y si el asunto de los salarios es indignante, el de las pensiones raya en el insulto. Después de décadas de servicio, después de incontables guardias, emergencias y sacrificios familiares, los trabajadores tienen que marchar para defender el derecho a un retiro digno. Parece que el reconocimiento a toda una vida de servicio consiste en obligarlos a pelear por algo que debería estar garantizado desde hace mucho tiempo.

Pero quizá el aspecto más preocupante sea que las demandas de los trabajadores no son exclusivamente para ellos. No marchan únicamente por sus prestaciones o salarios. Marchan porque faltan medicamentos, equipos, materiales y personal. Marchan porque saben que cada carencia termina impactando directamente en el paciente. Marchan porque son ellos quienes tienen que mirar a los ojos a una persona y explicarle por qué no hay determinado medicamento, por qué un estudio se retrasa o por qué la atención tarda más de lo debido.

Y mientras tanto, la burocracia sindical parece vivir en una realidad paralela. Los gritos de “¡Fuera Olivos!” lanzados durante la movilización reflejan un descontento que ya no se limita a las condiciones laborales, sino también a una dirigencia que muchos consideran ausente cuando más se necesita. Es paradójico: los trabajadores aseguran que tuvieron que salir a representar a su propio sindicato porque quienes deberían hacerlo prefirieron el cómodo refugio de la distancia.

Lo verdaderamente vergonzoso es que en 2026 una marcha de esta naturaleza siga siendo necesaria. Que médicos y enfermeras no estén exigiendo privilegios, bonos extraordinarios o prebendas imposibles. No. Lo que exigen es algo mucho más revolucionario y aparentemente inalcanzable para las autoridades: medicamentos en los hospitales, insumos para trabajar, personal suficiente, salarios decentes y una pensión digna.
En cualquier sistema serio, eso sería el punto de partida. Aquí se ha convertido en una demanda de protesta.

Y esa es la peor noticia de todas.
Porque cuando los trabajadores de la salud tienen que abandonar momentáneamente los hospitales para salir a la calle a pedir lo mínimo indispensable para atender a la población, el problema ya no es solamente de ellos. Es de todos. Y el mensaje que queda flotando después de la marcha es tan contundente como incómodo: si quienes intentan salvar vidas tienen que manifestarse para conseguir gasas, medicamentos y condiciones dignas de trabajo, entonces el verdadero paciente es el segundo piso de la 4T. Y está gravemente enfermo.

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