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Mascarada guinda en el ISSSTE: ¿elección sindical o acto de campaña con padrino político?

Guinda y mano alzada: la planilla del doctor Sergio Montero adopta el color del partido en el poder y celebra un acto político con el diputado morenista Jorge Sánchez Reyes; la escena huele a campaña disfrazada de fiesta maternal.
Qué sorpresa: Sergio Montero, un médico que aspira a dirigir el sindicato del ISSSTE en Yucatán decide bautizar su planilla con el nombre más original del mundo —“Guinda”— y, oh casualidad, ese color ya tiene dueño en la política local y nacional. No es que los colores tengan alma propia, pero cuando la paleta de tu planilla coincide con la del partido en el poder, la casualidad empieza a oler a estrategia de marketing con asesoría política incluida.
El doctor Sergio Montero no organizó un convivio por el Día de las Madres el 9 de mayo, efectuó un mitin político. En apariencia, todo muy tierno, flores, pastel y sonrisas. Hasta que entra en escena el diputado morenista Jorge Sánchez Reyes, que posa, sonríe y publica las fotos en sus redes. Ambos aseguran que el evento fue del sindicato del ISSSTE. Punto curioso: las imágenes publicadas por el propio diputado muestran al legislador alzando la mano de Montero, gesto que en cualquier manual de ética sindical y electoral se lee como “intromisión” con letras mayúsculas. ¿Ilegal? Si se confirma, sí; por ahora, es una intromisión evidente y políticamente conveniente… para Sergio Montero, claro
Y el hecho levanta, como mínimo, un justificado sospechosísimo y genera preguntas que, hasta ahora, quedan en el aire: ¿Quién está realmente detrás de la campaña de Sergio Montero?; ¿quién financia eventos como el del 9 de mayo y la propia campaña?; ¿es la coincidencia del nombre y color de la planilla una estrategia de cooptación partidista? y ¿será Montero quien mande o será el partido del mismo color el que mueva los hilos?
No son preguntas retóricas inocuas: son las que deberían responderse antes de que la elección sindical se convierta en una sucursal de la política partidista. Porque si la dirigencia sindical se transforma en un apéndice de un partido, los afiliados no habrán elegido a un representante; habrán recibido una imposición con etiqueta de “voto libre”.
Y no es tema menor, porque hay muchas consecuencias posibles: la primera es para la Sección XXXVI del sindicato que cargaría con una pérdida de autonomía y credibilidad, de imponerse Montero en la secretaría general; al igual que decisiones laborales subordinadas a intereses partidistas. Para los trabajadores el riesgo de que las demandas laborales se negocien según colores políticos y no según necesidades médicas y laborales. Para la política local la normalización de prácticas que confunden lo sindical con lo electoral, y que erosionan la confianza pública.
La escena es tan predecible como incómoda: planilla con nombre sugerente, diputado que aparece en el convivio y fotos que hacen el trabajo sucio de la sospecha. No es necesario ser conspiranoico para pedir transparencia; basta con exigir que se aclare quién financia, quién organiza y qué papel jugará realmente la dirigencia sindical si cambia de manos. Mientras tanto, los colores quedan ahí, guindando en el aire, como una promesa… o una advertencia. Que conste.