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Lo prometido por Verónica es deuda saldada (a pesar de la deuda); Va y Ven, el “no hay dinero” más caro de Yucatán

La senadora morenista Verónica Camino cumple su deuda y recupera su promesa, mientras el gobierno huachista se da el lujo de endeudarnos con $1,500 millones. Eso sí, cuando se trata de pagar lo que debe a los permisionarios del transporte público, la chequera se esconde y el discurso oficial se reduce al eterno “no hay dinero”.

Por Consejo Editorial

La Agencia de Transporte de Yucatán (ATY) parece haber encontrado la fórmula mágica para administrar el caos: repetir como mantra que “no hay dinero” mientras acumula un adeudo de $189 millones con los concesionarios del Circuito Metropolitano. Una deuda que ya huele a gasolina racionada, nóminas impagas y refacciones inexistentes.
Los concesionarios, ¿ingenuos todavía?, pensaban que el gobierno estatal iba a soltar aunque fuera unas migajas para mantener vivo el servicio. Pero la respuesta fue un elegante portazo: ni un peso. Y para rematar, cuando los empresarios ofrecieron sus camiones viejos para evitar que la ciudad quedara paralizada, la ATY los rechazó con la misma cortesía con la que se rechaza un taco frío: “gracias, pero no”.

Como si el panorama no fuera ya suficientemente absurdo, recordemos que la senadora yucateca Verónica Camino lo advirtió cuando decidió aportar su granito de arena con una promesa tan insensata como incendiaria: si gana Huacho, va a desaparecer el sistema metropolitano de transporte Va y Ven. En lugar de exigir soluciones, transparencia o un plan financiero serio, la senadora optó por la salida más fácil: borrar de un plumazo el proyecto, como si los miles de usuarios que dependen de él fueran un detalle menor. Su amenaza no solo desnuda el anunciado fracaso administrativo de la ATY, sino también la ligereza con la que algunos políticos morenistas juegan con la movilidad de una ciudad entera.

La solución improvisada del gobierno de la 1/4T fue digna de manual de supervivencia burocrática: quitar autobuses de rutas con poca demanda y moverlos como piezas de ajedrez para que el Circuito Metropolitano siguiera funcionando. Un truco de ilusionista: el público cree que todo está normal, mientras detrás del telón los operadores hacen malabares con combustible fiado y nóminas en rojo.
El problema es que este espectáculo tiene fecha de caducidad. Los concesionarios ya amenazan con retirar unidades de otras rutas porque, sorpresa, sin dinero no se puede operar un sistema de transporte público. Y si eso ocurre, Mérida se prepara para un caos mayor: menos camiones, más filas, más usuarios varados y más excusas oficiales.

La ATY guinda insiste en que “no hay dinero”, como si fuera un descubrimiento filosófico y no una confesión de incompetencia. Porque sí, administrar transporte público implica pagar a quienes lo operan. Pero aquí parece que la estrategia es simple: dejar que el sistema se oxide, culpar a los concesionarios y esperar que los usuarios se acostumbren a caminar.
El Circuito Metropolitano, y el sistema metropolitano de transporte Va y Ven en general, sigue rodando gracias a un acto de prestidigitación administrativa, pero el truco no durará mucho. Cuando los concesionarios digan basta, el transporte público de Mérida se convertirá en un museo de autobuses fantasmas, cortesía de una ATY morenista que convirtió el “no hay dinero” en su política estrella.

En fin, que la senadora morenista Verónica Camino cumple su deuda política y recupera su promesa, mientras el gobierno huachista se da el lujo de endeudarnos con $1,500 millones. Una cifra que suena a modernización, a proyectos grandilocuentes, a discursos de “transformación”… pero que en la práctica se convierte en un agujero negro financiero.
Porque mientras se presume la deuda como inversión, el mismo gobierno se niega a pagar lo que debe a los permisionarios del transporte público. Los operadores, con nóminas en rojo y combustible fiado, siguen esperando un abono que nunca llega. El contraste es grotesco: millones para endeudar a la ciudadanía, cero pesos para cumplir con quienes mantienen en pie el servicio diario.
La paradoja es clara: el Estado se viste de visionario con deuda millonaria, pero se desnuda de responsabilidad cuando toca pagar lo básico. El discurso oficial se convierte en un insulto: hay dinero para hipotecar el futuro, pero no para saldar el presente. Y aun así, no falta el trasnochado que salga en defensa de la ineficiente administración guinda alegando que es la “herencia maldita de Vila” o que este es un editorial pagado por el PRIAN… ya los veré en los comentarios.
Es cuánto.

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