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La soberana del castillo, su soberana voluntad y la soberanía en renta

La presidenta confirmó que la FIFA pagó más de un millón de pesos por la renta del Castillo de Chapultepec y defendió que el recinto “se renta desde hace mucho tiempo”, pese a que la normativa del INAH prohíbe eventos sociales como bodas o quinceañeras; la contradicción entre el gesto y la retórica soberanista resulta tan elocuente como incómoda.

La ¿explicación?: un castillo patrimonial, una cena de la FIFA, un millón de pesos sobre la mesa y la presidenta que entra, lee una cuartilla y se retira como quien pasa a saludar al vecino en la escalera. La explicación oficial: “se renta desde hace mucho tiempo” y “la FIFA pagó más de un millón”.

La contradicción: el propio sitio del Museo Nacional de Historia, administrado por el INAH, establece que no se permiten eventos sociales o empresariales en el Castillo; la norma habla de actividades culturales, académicas o científicas. ¿Quién escribe el libreto, la ley o la mañanera?

Soberanía en el discurso y la narrativa oficialista, Morena la proclama y la usa a su antojo como bandera para defender a SUS delincuentes. Pero en la práctica, Morena y sus compinches alquilan el salón principal de la soberanía del país a una federación internacional para una cena privada. El contraste es tan fotogénico que debería venderse en postales.

La cínica respuesta presidencial del “nomás entré y saludé”, de Claudia Sheinbaum, suena a disculpa de quien fue sorprendida en la cocina con las manos en la masa; elegante, pero insuficiente frente a la letra de la ley. Ante este hecho, la crítica política no se hizo esperar: voces opositoras señalaron evasión y desconexión entre discurso y actos. Si la soberanía fuera un contrato, alguien debería leer la cláusula pequeña.

El episodio del Castillo es una fábula moderna: un país gobernado por un clan morenista que proclama independencia y soberanía nacional cuando se trata de defender a sus corruptos y malandrines, y al mismo tiempo alquila su salón de honor para cenas privadas. La ironía no es gratuita y la ciudadanía debería exigir, al menos, coherencia entre lo que se dice en la tribuna y lo que se hace en los salones. Si la soberanía es patrimonio, que se actúe como tal; si es mercancía, que al menos si se cobra la entrada ¡y qué se informe con claridad!

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