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La corrupción se cambió de camisa, pero ahora Morena la llama “incorporación estratégica”

El caso de William Perez Cabrera demuestra que los priistas acusados de corruptos por el morenismo ya se integraron a Morena, así que lo que venden como limpieza en la 1/4T es un simple cambio de domicilio político.
Por Consejo Editorial
Qué maravilla de marketing político: la etiqueta “corrupción prianista” sigue siendo el eslogan estrella morenista, aunque la boutique haya cambiado de dueños y algunos de los antiguos gerentes ahora cuelguen la placa de color guinda en la nueva recepción. Morena usa un truco tan antiguo como efectivo: si repites una acusación lo suficiente, deja de importar quién la encarne hoy y empieza a funcionar como una marca que vende identidad y miedo. No importa que sea una mentira.
La narrativa de Morena es simple y funciona porque vende. Convierte décadas de prácticas clientelares, contratos opacos y favores cruzados en un villano único y reconocible. Es más cómodo para el oficialismo morenista señalar un monstruo externo que admitir que, en el fondo, le venden humo a la ciudadanía porque la corrupción no se combate, ni se desarma con un cambio de siglas o de partido. Mientras tanto, la realidad se encoge en un rincón y susurra que las redes, los acuerdos y las costumbres no se evaporan por arte de magia.
Pero la ironía es deliciosa: cuando los mismos rostros, acusados por los guindas de corrupción, que antes firmaban cheques desde el PRI aparecen ahora en la foto oficial de Morena. El discurso no se actualiza; se recicla. Morena les llama “incorporaciones” o “sumas estratégicas” y les perdona y olvida esa corrupción con la misma facilidad con la que se cambia de camisa en temporada electoral. La coherencia se vuelve un lujo que pocos se permiten cuando la prioridad es mantener la narrativa intacta y la base movilizada.
El resultado es una doble jugada: por un lado, se mantiene la moralina pública contra la “vieja política”; por el otro, se normaliza la convivencia con sus protagonistas cuando conviene. Así, la etiqueta funciona como cortina de humo y como escudo: tapa los problemas internos y blinda al partido frente a la crítica estructural.
Si la intención de la ¼ T fuera realmente erradicar la corrupción, el primer paso sería aplicar las mismas reglas a los nuevos y a los viejos por igual. Pero Morena prefiere la eficacia del eslogan a la molestia de la autocrítica. Y mientras eso ocurra, la frase “corrupción prianista” les seguirá siendo útil, aunque su definición real sea una vil mentora manipuladora y ya no quepa en la etiqueta.
Es cuánto.