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JAPAY y la política del escondite: el agua que no llega y Huacho y Pancho tampoco

La protesta de una ciudadana frente a la JAPAY y posteriormente en Palacio de Gobierno exhibió el creciente descontento social por los problemas relacionados con el servicio de agua en Mérida. La manifestación puso en entredicho la capacidad de Huachito y Panchito para atender las demandas ciudadanas y ofrecer respuestas efectivas.
Por Consejo Editorial.
Hay cosas que escasean en Mérida. El agua en algunas colonias es una de ellas. La otra, al parecer, son las probabilidades de los ciudadanos para encontrar a quienes se supone que deben resolver el problema.
La escena de este jueves resultó tan simbólica como preocupante: una ciudadana tuvo que sentarse en plena calle frente a las oficinas de la JAPAY para exigir que alguien la escuchara. No cualquier persona. Quería hablar con Francisco Torres Rivas, Panchito, director del organismo. Según los reportes, rechazó ser atendida por intermediarios y exigió la presencia del funcionario responsable.
Y ahí aparece el primer problema: cuando un ciudadano necesita protagonizar una protesta pública para intentar llegar a un funcionario, algo está profundamente roto en la relación entre gobierno y sociedad.
La pregunta es inevitable: ¿dónde está Francisco Torres Rivas cuando los usuarios buscan respuestas? La propia manifestante afirmó que el director “nunca está”, mientras exigía atención por problemas relacionados con el servicio de agua.
Pero no se trata únicamente de una factura cuestionada. El asunto es mucho más amplio: durante meses, miles de meridanos han denunciado baja presión, interrupciones del suministro y deficiencias recurrentes en el servicio. Mientras tanto, la respuesta institucional parece haberse convertido en un sofisticado ejercicio de administración de excusas. Cuando falta agua, la culpa es del calor. Cuando aumenta el consumo, la culpa es de la demanda. Cuando fallan los sistemas, la culpa es de cualquier cosa menos de quienes cobran por administrar el servicio.
Por supuesto, desde la comodidad de las oficinas siempre es posible afirmar que se está trabajando, planeando, diagnosticando o proyectando. La burocracia, sobre todo la morenista, tiene una extraordinaria capacidad para producir comunicados; el problema es que los ciudadanos necesitan agua, no boletines.
Lo ocurrido frente a Palacio de Gobierno resulta todavía más revelador: después de no obtener la atención solicitada en la JAPAY, la manifestante trasladó su protesta hasta la sede del Poder Ejecutivo estatal. Y aquí entra en escena el gobernador Huacho Díaz Mena. Porque cuando un problema cotidiano obliga a los ciudadanos a manifestarse en la calle para ser escuchados, deja de ser un asunto administrativo y se convierte en un problema político.
La paradoja es fascinante. Durante las campañas electorales, los políticos recorren colonias bajo el sol, estrechan manos, escuchan quejas y prometen cercanía. Una vez instalados en el poder, encontrarlos puede requerir más esfuerzo que localizar agua de la JAPAY en una tubería casera.
Y mientras Huacho y Panchito practican el arte de la invisibilidad administrativa, los ciudadanos siguen enfrentando recibos que llegan puntuales, aunque el servicio muchas veces no lo haga con la misma puntualidad. El reloj de la cobranza nunca falla; el del suministro parece funcionar con criterios más creativos.
La protesta de una mujer sentada en una calle del centro de Mérida no debería verse como una anécdota incómoda. Debería interpretarse como una señal de alarma. Cuando una persona siente que debe bloquear una vialidad y después acudir al Palacio de Gobierno para conseguir atención, la verdadera noticia no es la protesta. La verdadera noticia es el fracaso institucional que la hizo necesaria.
Quizá la JAPAY y el gobierno estatal de Morena deberían recordar una idea elemental: los ciudadanos no pagan recibos para financiar explicaciones, pagan para recibir agua. Y los funcionarios no ocupan cargos para esconderse de los problemas, sino para resolverlos.
Porque al final, en Mérida hay algo que fluye con mucha más regularidad que el agua: la frustración de quienes siguen esperando respuestas. Y esa, por desgracia, parece ser la única presión que nunca disminuye.
Es cuánto.