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El reciclaje político de William Pérez Cabrera: de la camisa tricolor a la fosa de las inmundicias

William Pérez Cabrera se baja del PRI como quien se quita una camiseta y se sube a la de #MorenaSí Yucatán como si fuera la última moda política. La jugada no es novedad; es la versión local del reciclaje político, que aun con una etiqueta nueva se va de clavado a la fosa de los excrementos. Y mientras algunos celebran la novedad cromática, la mayoría ciudadana de Kanasín sigue esperando respuestas que no llegan.

Durante la administración de Pérez Cabrera surgieron señalamientos serios: presunto desvío de recursos públicos que habría dejado un daño al patrimonio comunitario y supuestas irregularidades en el financiamiento de empresas privadas en Mérida mediante prestanombres. Palabras como “presunto” y “supuesto” no son escudos para el olvido; son recordatorios de que la ciudadanía merece explicaciones, no amnesia colectiva. Y Pérez Cabrera una seria investigación por presuntos actos de corrupción, así que cambiar de partido no debería borrar expedientes ni limpiar cuentas pendientes; pero William no cambió al guinda para pedir perdón y confianza, cambió para buscar el cobijo de la impunidad.

La política no es un guardarropa donde, con un simple cambio de prenda, se renueva la credibilidad. Si la ética fuera tan fácil como cambiar de camisa, los municipios estarían llenos de políticos impecables. Pero la realidad es otra: hay manchas que no se van con un lavado de imagen. Y mientras algunos se empeñan en vender la narrativa del “nuevo comienzo”, la gente de Kanasín recuerda facturas, obras inconclusas y decisiones que dejaron más dudas que beneficios.

Que alguien aspire de nuevo a la presidencia municipal después de una gestión cuestionada no es, per se, un delito democrático; es, eso sí, una prueba de confianza que debe ganarse con hechos, no con discursos. El pueblo de Kanasín merece servidores, no servidores que se sirven. Merece transparencia, cuentas claras y compromiso real. No necesita retórica reciclada ni promesas envueltas en otro color.

No permitamos que la urgencia de cambio nos haga caer en la trampa del déjà vu. Exijamos respuestas públicas, auditorías claras y que se aclare lo pendiente antes de que alguien pida otra oportunidad para gobernar. El voto no es un cheque en blanco ni una tarjeta de crédito para financiar segundas oportunidades sin rendición de cuentas.

Al final, la política debería ser servicio y no un vestidor de oportunidades. Si la memoria colectiva es la única garantía contra la impunidad, entonces usemos esa memoria con inteligencia: votemos con memoria, exijamos claridad y no aceptemos que un cambio de camisa sea la coartada para volver a empezar como si nada hubiera pasado.
Es cuánto.

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