El traje nuevo del Lord

Por William Cazanova

Como las cabezas de la Hidra, decenas de “portales informativos” brotaron en las redes sociales a raíz de la reciente aprobación del paquete fiscal 2020 mientras algunos medios impresos, moribundos, dejan escuchar sus estertores, cada vez más fuerte, a un año de la llegada de Lord Farquaad al castillo de Duloc.

Acostumbrados a ser financiados por el erario y no por los lectores, los medios de información desaparecen uno tras otro, poco a poco, sin despedirse. Se reduce la oferta informativa a las órdenes e intereses del príncipe de la sonrisa dental, y queda sin empleo una generación de jóvenes que aún cree en los ideales del periodismo.

Esta Navidad nos reescribe el cuento “El traje nuevo del emperador”, en versión yucateca:

“Hasta la tienda de tortas de Lord Farquaad llegaron los charlatanes que se decían a sí mismos asesores políticos y mediáticos. Afirmaban que eran capaces de elaborar la imagen del mejor gobernador de la historia; pidieron una millonaria suma de dinero para comprar los insumos necesarios para construir esa figura pública, pero le advirtieron que esa obra maestra solo podrían verla los elegidos, no la chusma.

“El bello Farquaad se admiró de tan maravillosa cualidad y otorgó a los charlatanes la fortuna que estos solicitaban, a través de un endeudamiento de las criaturas del reino y la creación de más y más impuestos y alzas en el precio de los servicios públicos. Encerrados en su cuarto de guerra, bajo llave, los asesores confeccionaban las mejores encuestas simuladas, onerosos festivales, los auto elogios. Le aconsejaban al Lord viajar una y otra vez por el mundo, para que a su regreso, pudiera lucir su traje de estadista en las fiestas de la Navidad, que se acercaban.

Curioso, el Lord envió a dos de sus criados a comprobar cómo iban los trabajos; ellos se sorprendieron al constatar que los asesores en imagen e información política hacían como que trabajaban, pero se daban la buena vida y se repartían la riqueza. Obviamente, supusieron ambos que no podían ver a un gran gobernante porque no se encontraban entre los elegidos y, avergonzados de ello, ni el uno ni el otro comentaron nada al respecto. Cuando fueron a dar explicaciones al pequeño aprendiz de mandatario, se deshicieron en loas y parabienes para con el trabajo de los pícaros.

Llegado el momento cuando la imagen pública estuvo terminado, Farquaad fue a probárselo pero, al igual que sus criados, no conseguía verse como el gran servidor público amado por su pueblo. Obviamente, cayó en el mismo error de sus criados. Fingió que se probase el vestido mágico, alabando la delicadeza y belleza del trabajo de sus asesores. Los cortesanos que lo acompañaban, presidentes de cámaras empresariales, también se deshicieron en alabanzas.
El día de la gran fiesta, Lord Farquaad se vistió con la imagen mágica de sus asesores y, montado en su caballo salió en procesión por las calles de la villa de Duloc, la gente también conocedora de la rara cualidad que tenía el vestido callaba y veía pasar a su rey, hasta que un pobre niño de corta edad, inocente donde los haya, dijo en voz alta y clara “nos gobierna un ogro, ahí va Shrek”.

Tal grito pareció remover las conciencias de todos aquellos que presenciaban el desfile, primero con murmullos y luego a voz en grito todos empezaron a decir “Lord Farquaad es un ogro”, … “Shrek es el verdadero gobernador”. Los cortesanos y el mismo Lord Farquaad se dieron pronto cuenta del engaño y es que realmente el reino lo veía al desnudo.

Cuando fueron a buscar a los asesores al castillo y a la Dirección de Comunicación Social, estos habían desaparecido con todo el dinero, joyas, oro, plata y sedas que les había sido entregado para confeccionar la imagen del empresario tortero. El engaño había surtido efecto: Farquaad iba desnudo.

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