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El radio antiguo de la abuela (Leyenda)

Por Macario Jacinto Cauich Herrera

María Cristina Vales Escandón, viuda de Herrera, tenía por costumbre salir por las noches, a la puerta de su casona que se encontraba en el centro del pueblo, con su vieja mecedora estilo colonial a tomar el fresco y a escuchar un viejo radio antiguo, de esos que funcionaban con bulbos. Un aparato de la marca General Electric que su padre había comprado a principio del siglo XX en los Estados Unidos. Debemos tener en cuenta que en aquellos tiempos un radio era una posesión suntuosa por esa razón, para ella, ese aparato era su mayor tesoro, muy por encima de las joyas que heredó de su abuela y su madre.

Doña María le otorgaba más valor, porque su viejo radio le permitía viajar a través del tiempo. La llenaba de recuerdos en los que, mágicamente, pasaba desde los momentos de su niñez hasta los momentos junto a su esposo, Don Juan Herrera Gamboa, con quien, por muchos años, compartió ese gusto por salir a escuchar la radio a las puertas de esa casa antigua; con el techo alto, paredes gruesas, puertas y ventanas grandes de cedro al estilo colonial. Casa que, en los tiempos de su padre, era la más grande y lujosa del pueblo.

Así, para Doña María, salir a la puerta de su casa escuchar la radio sentada en su mecedora era equiparable, para ella, con las suntuosas fiestas que organizaba su padre cuando, cuando en Yucatán, el oro verde estuvo en su mayor auge y a sus 99 años de edad la soledad le iba lacerando el corazón por el desamor de sus hijos y nietos, quienes veían en ella un mero instrumento para obtener dinero.

Un buen día Pedro, el más pequeño de los cuarenta nietos, se mudó, con su novia Elena, a la vieja casona a vivir con ella. Para doña María el hecho tener a su nieto le recordaba los días de cuando su hijo José, el padre de Pedro, era un niño, por esa razón la venerable anciana despertaba muy temprano a prepararle los guisos que, ella recordaba, eran los predilectos de su desamorado hijo.

Una mañana, en la que Pedro y Elena regresaron ebrios de una fiesta, la mujer convenció al muchacho de fraguar un perverso plan para acabar con la vida de doña María Cristina, quien todavía podía vivir algún tiempo más, para apoderarse de sus posesiones. Quizá haya sido el alcohol o la avaricia, o probablemente las dos cosas, pero Pedro se dejó convencer y ambos cómplices llevaron al cabo el macabro plan con tanta astucia que nadie sospecho que la muerte de la buena vieja se debió a un asesinato; el cuerpo de doña María fue velado, cremado y puesto en una urna.

Al día siguiente los roperos antiguos de la abuela fueron revisados por aquellos dos que, sin piedad, la asesinaron. En ellos encontraron joyas como collares de zafiros, esmeraldas, perlas al igual que más de cien monedas de oro y quinientas de plata.

Los macabros nietos se dedicaron a gastar todo eso en cabarets, fiestas y casinos de apuestas. A ese ritmo la fortuna mal obtenida en menos de un mes fue dilapidada y entonces a las joyas y las monedas le siguieron los finos muebles coloniales y los cuadros de los retratos de los tatarabuelos de Doña María Cristina, quienes fueron fundadores del pueblo en los tiempos de las grandes haciendas de Yucatán. Una vez agotada esa veta la pareja vendió otras propiedades de Doña María, que eran bastantes.

Un día Pedro despertó y se percató que Elena había huido con el poco de dinero que les quedaba. Quizá atormentado por haber asesinado a su abuela para complacer los caprichos y las ambiciones de mala mujer, Pedro se dedicó beber con frecuencia hasta que, un día, bajo los efectos del alcohol se le ocurrió vender la urna que contenía las cenizas de Doña María y el radio que tanto amaba la abuela.

Para poder llevar a efecto las dos ventas no se le ocurrió más que abrir el viejo radio y verter en el las cenizas de Doña María, posteriormente se dirigió la ciudad de Mérida para malbaratar la radio en una tienda de antigüedades y la urna, ya sin cenizas, la hizo pasar por un florero.

Pasaron muchos meses para que Pedro regresará al pueblo. El día de su arribo se dirigió a la casa de su abuela, cuando le faltaban dos esquinas para llegar a su destino una vecina, muy molesta, le increpó reclamando el escándalo que, según ella, Pedro hacía en las madrugadas con la música en la radio a todo volumen.

Molesto por los reclamos de la vecina apresuró su tambaleante paso. Cuando llegó al zaguán de la casona, pateó la puerta, entró y, finalmente, se arrojó al suelo, pues no había ni una silla en la enorme casa que ya mostraba rastros de abandono como humedad en las paredes y telarañas en el techo. De repente, mientras Pedro lloraba en su soledad, miró hacia una esquina de la casa y se quedó estupefacto… ¡el antiguo radio de la abuela se encontraba asentado en el suelo! Por un momento Pedro pensó que era una alucinación por los estragos del alcohol en su organismo.

De pronto, Pedro comenzó a sentir fuertes dolores en el hígado y riñones. Fuertes dolores que le hicieron perder el conocimiento hasta que, a las tres de la mañana, le despertó el sonido de una música antigua; charlestón, foxtrot y, por último, un vals. Cuando terminó de aclarar la vista vio, en el centro de la sala, a dos personas bailando; eran Doña María Cristina y Don Juan, sus abuelos. Incrédulo, aun sin poder comprender que sucedía vio la casa resplandeciente, bella, con los muebles y los cuadros. Cada cosa en su lugar, como en sus mejores tiempos. Para mayor sorpresa de Pedro en los muebles estaban sentadas las personas que aparecían en los retratos.

Cuando la radio dejo de tocar la última pieza de vals, la pareja que bailaba en el centro le hizo un ademán para que se acercara. Pedro recordó entonces las cosas terribles que, con y por Elena, le había hecho a la abuela y se arrodilló junto a los bailarines que lucían, incluso, más jóvenes que Pedro. El muchacho lloró, suplicó e imploro el perdón de todos los presentes quienes, sonrientes, amorosamente sacaron sus lágrimas, lo abrazaron y al compás de las notas de un blues, que sonaba en la radio de la abuela, se fueron desvaneciendo como con los recuerdos en el pasado.

Cuando amaneció, la vecina fue a la casona para reclamar a Pedro nuevamente por la música a deshoras y con alto volumen. Al ver la puerta abierta, entró y se tropezó con el cuerpo sin vida del muchacho. El cadáver de Pedro estaba frío, lo que claramente indicaba que había muerto hacía muchas horas, sin embargo, lo más desconcertante era esa tranquilidad que reflejaba su rostro en el que, asegura la vecina, parecía haber una sonrisa.

Después de varias décadas de lo ocurrido, la casa se encuentra en ruinas, sin puertas ni ventanas, sin embargo, los vecinos del pueblo afirman que todas las madrugadas, a la misma hora, se puede escuchar la radio de la abuela a todo volumen tocando música del pasado, mientras una pareja fantasmal baila en el centro de las ruinas de la casa y un pequeño niño corretea junto a ellos

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